42 Solamente la Justicia divina
“Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”. Mateo 5:5-6
Jesús llama por un nombre precioso a quienes tienen la cualidad de irradiar paz y aspirar a un estado mejor de convivencia social: “Bienaventurados”. No les dice desdichados, miserables, parias, lumpen, infelices, desarrapados, desgraciados, desahuciados. Al llamarles “Bienaventurados” manifiesta cuán entrañablemente les ama; su sufrimiento, opresión, miseria, difamación, exclusión, destierro, ninguneo, son preocupación de Cristo Jesús, quien se conduele y prepara para estos infelices una mejor situación.
El actual estado espiritual que guarda nuestra ciudad, en México, en el mundo, está plagado de discordias entre unos cuantos poderosos que arrastran a miles a guerras estériles, la discriminación étnica, y racial y de género, el abuso imperdonable a menores, los miles de migrantes muertos y vejados en zonas fronterizas, la desigualdad mundial, la crisis financiera, secuestros, narcotráfico, devaluación monetaria, la contaminación, la matanza de animales, la degradación política, una humanidad que a estos niveles de ciencia y tecnología del siglo XXI, en vez de distribuir inteligentemente la suficiente riqueza produce más millones de pobres y pocos ricos cuya ostentosa fortuna mal habida ofende e irrita.
La falta de paz, de libertades, es evidente, la gente clama, espera un líder benefactor, una revolución, un milagro. Muchos quisieran desatar guerras ante la indiferencia de gobernantes corruptos, de ajusticiar a quienes les han masacrado. Gimen por mesura y por justicia, y la mansedumbre y paciencia parecieran no ser los recursos aplicables ante la desesperación general, ya que no es común que las cultiven en esta época de violencia física y verbal. Ante la violencia, más violencia; al odio, más enfrentamiento; no hay paz ni quien la pregone, ni quien la practique. Pero hace dos mil años un hombre sentenció una promesa a los desvalidos. En el tiempo que Jesús las pronunció había violencia e injusticia -recordemos que los Judíos eran esclavos de los romanos, y esperaban un libertador-. Hoy, esas palabras tienen vigencia. La gente sigue clamando justicia. Unos han encontrado paz y justicia, otros no. Hay que mostrar el único camino correcto.
El hambre y sed a las que se refiere Jesús en esta Bienaventuranza -además de las evidentemente físicas- son espirituales. A manera de corolario los dos pasajes rematan con promesa divina a la cual debemos de aferrarnos, pues el primer versículo declara “recibirán la tierra por heredad” y el segundo versículo asevera “serán saciados”. Jesús hablaba al corazón de los hombres para mantener confianza en guardar una actitud de concordia, y una postura de paciencia ante las injusticias cotidianas, pues tendrían recompensa en una herencia y serían satisfechos hasta la saciedad, hasta colmarnos abundantemente. Palabra de vida.
El hambre de alimento pude satisfacerse brevemente, pues a las pocas horas, nuevamente surge la necesidad de volver a comer apetitosamente. En cambio el hambre espiritual solamente puede abrevarse en el agua de vida que colma a plenitud. Si Dios te hace esta promesa ¿Imaginas la bendición terrenal y celestial que Dios ha preparado para ti? ¿Quieres verla, vivirla, recibirla? ¿Quieres sentir y disfrutar la justicia de Dios, en tu vida? ¿Cómo saber que seremos herederos y saciados en justicia? La Palabra de Dios nos confirma cuando declara, “Si sois vituperados por el nombre de Cristo, sois bienaventurados, porque el glorioso Espíritu de Dios reposa sobre vosotros. Ciertamente, de parte de ellos, él es blasfemado, pero por vosotros es glorificado” 1ª Pedro 4:14. ¿Cómo podré ser y hacer para merecer esta heredad y saciarme de su justicia? Hagamos nuestra la Palabra: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” Mateo 6:33.
No es la justicia humana la que nos ha salvado ni salvará, no hemos hecho ninguna justicia, ni jamás la haremos. No hemos podido ni podremos. La pobreza, hambruna, corrupción y guerra de siglos enteros lo evidencian. Somos incapaces. Solamente la justicia divina pone a cada quien en su lugar y nos puede asegurar un futuro cierto. No mires hacerte justicia por tu propia mano, no desencadenes más ira y discordia, cree en Su Promesa. ¡Bienaventurados los vituperados porque ellos serán exaltados! ¡Bienaventurados los que sufren porque ellos tendrán gozo en el reino! ¡Bienaventurados los que confían en el mañana porque veremos el rostro de Nuestro Salvador! Dios bendiga tu mansedumbre y te sacie con su justicia de poder y amor.
Gustavo Ángeles
Ministerio de Administración y Discipulador, ICBG
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