15 noviembre 2009

DIA 43 Noviembre 15

NUESTRA HERENCIA
Sean dichosos y felices, alcanzarán misericordia

“7 Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.8 Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios” Mateo 5:7-8.

Imagina que es la mañana del 8 de mayo de 1945 y vas por la calle, llegas a la esquina y te topas con un voceador que grita a todo pulmón “¡Extra! ¡Extra! Se terminó la guerra. Las fuerzas armadas alemanas se rinden.” Puedes imaginar el gozo en el rostro de un chico que grita: “!La guerra terminó!” Así son las buenas noticias, embargan de alegría el corazón de quien las porta. ¿Qué pasa con la persona que recibe la buena nueva? ¿Cuál sería la reacción de las personas que escuchaban al voceador esa mañana? Antes de que nuestro corazón se permita ser contagiado del gozo de una buena noticia dudamos, nos preguntamos si es verdad lo que nos están diciendo.

Imagino al Señor en el monte mirando con misericordia a sus amados y diciendo con gozo sus promesas una a una, exclamando: “¡Bienaventurados!” Jesús declara sean dichosos y felices, alcanzarán misericordia. ¿Qué prueba le podemos pedir al Salvador mismo de la veracidad de su declaración? El Cordero ofrecido en sacrificio para limpiarnos de pecado viene anunciando la misericordia del Padre, la prueba más grande de la Gracias de Dios declarando la promesa para ti.

Dios movido a misericordia por amor perdona nuestras ofensas y nos reconcilia con Él. Siendo enemigos de Dios por el pecado, el nos amó, le ofendimos y nos amó. ¿Debemos ser misericordiosos a su vez? En la parábola acerca del rey que al hacer cuentas con sus siervo le perdona la deuda se nos presenta esta situación: “¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti?” Mateo 5.33. Ama y perdona, como tu Padre te ama y te perdona y alcanzarás misericordia.

Pero las buenas noticias no terminan ahí. “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios”. Al ser perdonados nos reconciliamos con el Padre y podremos verle, contemplarlo y alabarle eternamente. Tengamos la certeza de ello y preparémonos día a día para encontrarnos con Él siendo puros, “El limpio de manos y puro de corazón; El que no ha elevado su alma a cosas vanas, Ni jurado con engaño” (Salmo 24:4). Que nuestra alma se eleve sólo a Él, mantengámonos limpios.

Emma Urbina
Ministerios de Alabanza y de Tecnologías de Comunicación, ICBG

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